Camorristas: Descalzos



Estoy esperando a mi coleguita Sergio en el banco de la plaza, viendo a las gatitas folloneras de nuca rapada de mi barrio pasar.
A estas felinas de rostro angelical les crecen antes las tetas que los dientes, y se mueven como fulanas pese a que ninguna de ellas es mayor de edad. Las muy guarras se exhiben por ahí medio desnudas, enseñándolo todo sin ningún pudor, como si uno fuese de piedra y pudiese controlar sus erecciones. Joder, pero qué ricas están. Empiezo a notar algo de inquietud en la entrepierna, sobre todo ahora que ha llegado esa gatita cachonda de Ana. La muy guarra tiene un buen polvo y tal, aunque no le llega a la suela del zapato a mi Soledad. Se encuentra a años luz de ella y una y otra juegan en divisiones distintas, así que no se pueden comparar. En fin, tío, no soy dueño de mi persona y así están las cosas para ella; aunque será mejor que el jodido Sergio se vaya dando prisa, por el bien de su chochete, o en este puto lugar habrá un jodido follicidio de esos que hacen historia.

Camorristas: Descalzos 

La Artista y el Literato



Dejas escapar las primeras notas, con una voz extraña a la par que conocida para mí, y, cuando aún no me he recuperado de la sorpresa, miras a cámara y haces que contenga la respiración. Entonces lo veo claro; estoy en lo cierto, porque es algo que está ahí, es palpable y hasta el más ignorante de los humanos puede percibirlo: derrochas energía. Noto toda esa fuerza que pareces canalizar con tus manos, con esos movimientos lentos y estudiados, y me siento pequeño. Necesito varios segundos para descubrir que se me ha olvidado espirar. Necesito de ese tiempo para volver a ser yo

El Bambino de Oro



Oigo descorrerse el primero de los cerrojos y el corazón me da un vuelco. Alumbrado empieza a pugnar con el segundo, que nunca ha abierto a la primera, y me dan ganas de decirle que lo quiten de una puta vez, que sólo sirve para tocar los putos cojones, pero me controlo porque no quiero que este menda advierta mi debilidad. En realidad, ni que decir tiene, no deseo que la olfateen ni este ni ningún otro cabrón de los cojones.
—¡Hay que joderse con el freno a fondo!
Escucho decir al pobre Al, rabioso que te cagas con el cerrojo de marras. Y no puedo evitar pensar que la expresión utilizada, además de ser extraña de la hostia, es completamente nueva.
—Su puta madre, joder…
Tras una lucha sin cuartel, el cerrojo cede y la puerta se abre apenas dos palmos, permitiendo que el techno machacón de un carro se cuele por la hendedura, toda vez que el sol baña con su luz el suelo acribillado del aciago y hediondo local.
—¡Cuanto tiempo, mío amigo!
Llega a mis oídos ese acento de mierda, asqueroso hasta decir basta, y se me revuelve el estómago. Nunca me han gustado los italianos, los odio; aunque, para ser sincero, odio por igual a todo el jodido conjunto que da sentido a la palabra humanidad: moros, negros, chinos, gitanos, payos, quinquis, putas, macarras, maricas, punkis, skinhead, niños de mamá, niñas de papá, a la jodida izquierda llorona, a la jodida derecha prepotente y rancia, aunque mucho hijoputa, arbitrariamente, me tilde de nazorro por eso de haber servido cuatro años en los paracas y tal. Como si a mí me importara algo. Me la pela porque así están las cosas… 

Camorristas: El Bambino de Oro
 

Silencio

Pasaré el resto de mis días pensando en ti. Guardaré tu recuerdo en secreto, sin llanto, sin lágrimas...

El Bambino de Oro




Intenta parecer maduro, dice el carateleñeco de los cojones. Hay que joderse, con las putas pintas de mangui que me lleva el colega. Por no hablar de ese jodido peinado de champiñón tope pasado de moda y tal. ¿Acaso no se ha enterado de que ir de casual es lo puto peor? Camiseta blanca sin mangas de  La Fura dels Baus, pantalón de chándal y putas Adidas, todo un clásico macarril. El tío se cree un follador nato, un destructor de coños y tal. Y no estoy diciendo que no lo sea: no entro a valorar si lo hace bien, mal o medio regular; sólo digo que carece, como la inmensa mayoría de huelechochetes que se las dan de jodidos maestros de las artes amatorias, del atractivo necesario y la altura reglamentaria para ser un jodido galán del séptimo arte, en plan Cary Grant o el puto Paul Newman. Y no es mi intención ser injusto con el chaval y tal, pero es lo que pienso y ya. Si al menos no estuviera todo el rato jodiendo con eso de: ¿verdad?
Por mi parte, soy consciente de que a veces me paso un poco con el puto y el joder, y también con los y tal; simplemente no puedo evitarlo. Soledad siempre estaba dándome el puto coñazo con eso de hablar bien y todas esas mierdas que, ni que decir tiene, en la calle no sirven de nada. Porque de donde yo vengo, en el mundo de gatos por el que me muevo, hablar bien es un lujo que no merecen los profanos oídos de la escoria que lo habita. Pero tampoco se puede estar todo el santo puto día, como hace este capullo, con el ¿verdad? en la boca. Es como si, de repente, por alguna extraña razón, el menda no se sintiera seguro y necesitara la aprobación de los demás para seguir respirando.
Así es cómo se empieza a ablandar uno, al dejar que otros mongolos, que no tienen ni puta idea de cómo están las cosas, piensen por ti. Aflojas un poco y, cuando quieres darte cuenta, tu puto cerebro ha abierto de par en par las puertas a todo tipo de trastornos mentales. Ablandarse es la llave al paraíso a todo ese rollo de las depresiones y tal. Es así cómo nos volvemos unos auténticos gilipollas. Primero, llega el aburrimiento; después, la depresión te arrebata tu yo. Y cuando eso sucede, entonces estás bien jodido, colega. 

Camorristas: El Bambino de Oro

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