El Macedonio



Autor: Nicholas Guild
Edición: Pamies
Páginas: 416
Año de publicación: 2014

Siglo IV a. C.
Macedonia vive una época convulsa, desgarrada por luchas internas en el seno de la familia real y acosada por los belicosos reinos fronterizos.
Filipo, tercer hijo del rey Amintas y apenas un adolescente, es enviado como rehén a Tebas, donde recibirá educación militar del gran general Epaminondas. A su vuelta, rápidamente pondrá de manifiesto su capacidad de mando y su arrolladora personalidad. Y aunque no estaba escrito que fuera a reinar, un inesperado giro del destino hará que se haga con el poder, convierta a su país en la potencia hegemónica del mundo heleno y allane el camino para el gran imperio que creará su hijo Alejandro.
Presentamos la reedición de un clásico de la novela histórica; una historia épica que narra la lucha de Macedonia por su supervivencia bajo la tutela de un líder que cimentará las bases de uno de los imperios más grandes jamás forjados por el hombre.

El Hogar del Mudo



Aulo y Calíades irrumpieron en el torreón de Afónico como una corriente de aire helado. Agatocles estaba de espaldas cuando llegaron, así que no pudieron ver su rostro. A su izquierda, Afónico, el Juicio Final, un fulano de dos metros de alzada al que un norteño había arrancado la lengua de un bocado, acariciaba la hoja de un cuchillo con una piedra de amolar. Aulo Mucio Corbulón saludó al verdugo con una elevación de cejas. Éste, cuadrándose de inmediato, se llevó el puño al corazón y agachó la cabeza.
—Dale la vuelta, por favor.    
Afónico pisó el pedal con gracia y la silla de hierro giró. Agatocles tenía la cabeza ladeada, el rostro oculto tras el rubio cabello enmarañado y restos de sangre en el pecho. Había sido privado de su coraza y sus manos y pies estaban sujetos por correas de cuero. A una orden de Aulo, Afónico rodeó el asiento y propinó un sopapo en el rostro del legionario. Una bofetada que le llovió de abajo arriba, y que decía mucho, y todo para bien, del individuo que la había efectuado.
¡Grrr, grrr! —protestó, mientras hundía dos dedos en el mentón de Agatocles y tiraba de él hacia arriba.
—¿Ha dicho algo? —El mudo negó con la cabeza.
A Calíades se le erizó el vello de la nuca al escuchar la pregunta, pues no dejaba de ser irónico que el encargado de llevar a cabo los interrogatorios en Romalea fuese incapaz de emitir una palabra. «¿Acaso no es eso lo que lo hace más aterrador?», pensó Calíades. Y lo mismo debía pensar el resto del Imperio, ya que los métodos del verdugo eran de sobra conocidos. Cualquiera que tuviese la desgracia de dar con sus huesos en el torreón, culpable o inocente, eso carecía de importancia, sufriría en sus carnes el más cruel de los castigos. No obstante, parecía que todo aquello no iba con Agatocles, al que se le veía bastante sereno. «No le teme ni a Aulo ni a su perro de presa», ponderó el Feroz.
El dominio que exhibía sobre su persona, consecuencia de toda una vida al servicio de las armas: orden cerrado, horas interminables ejercitándose en el manejo de la lanza, escaramuzas al amparo de la noche en territorio enemigo, chocaba de frente con los aires de Ser Supremo que Aulo se daba. El Lobo de Romalea había esperado encontrarse con un hombre asustado, alguien a merced del miedo que suplicase por su vida; en cambio, para su enojo, halló a un marcial de mirada desafiante que no parecía temer al Hadis.
Calíades asistió en completo silencio a aquella contienda de voluntades entre Agatocles y su hermano, intentando descubrir cualquier indicio de culpabilidad en el rostro de Aulo. No era tarea fácil, pero creyó dar con él cuando, para su sorpresa, Aulo apartó la mirada de los ojos de Agatocles para comentar algo a Afónico que, a pesar de no poder oír, le causó un dolor en forma de losa aplastándole el pecho.
Y es que los muros de su resistencia comenzaban a desmoronarse sin él saberlo. La duda, ésa que hace que el guerrero baje el escudo en el peor momento, sentenciando no sólo su vida sino también la de sus compañeros, había hecho acto de presencia emponzoñando su mente con preguntas que jamás habría osado hacerse. ¿Estaba en lo cierto el templario con el que debía reunirse? ¿Eran Aulo y Décimo los monstruos que asesinaron a Jaca?
Vio a Afónico, mientras decidía si el maldito templario era de fiar o no, desenvainar la espada de Aulo y colocarse justo detrás de Agatocles: el verdugo levantó el acero, con su punta mirando al suelo, lista para enterrarla en el cuello de quien tan bien sirviera a Jaca. Dispuesto a cumplir de forma metódica la voluntad de su amo, el cual no parecía precisar de respuesta alguna. No así su hermanastro. Cuyo único deseo residía en conocer la verdad.
—Esto es absurdo —se oyó decir Calíades a sí mismo. Su mano derecha asiendo con fuerza el pomo de su espada, pugnando por no dejar salir al homicida que habitaba en su interior—. Haz descender esa hoja, por poco que sea, y yo mismo te abriré como a un cerdo, socio. —Afónico clavó los ojos en Calíades con desprecio, pero permaneció tan inmóvil como una estatua de sal. «¿Te gustaría matarme, verdad? —pensó el Feroz—. Vamos, socio, alégrame el día y te enseñaré lo que es un hombre de verdad».
El repentino estallido de furia dejó a Aulo sin palabras, ataviado como estaba con su mejor coraza y la capa roja de la orden de los Duelistas. El romaleo torció el gesto irritado y escrutó con atención el rostro de Calíades: algo parecido a la locura se había apoderado de los ojos grises del oficial, haciendo temer al emperador que su hermano desenvainase.
«Lo sabe. Conoce nuestro secreto y no descansará hasta demostrarlo. Entonces nos ejecutará y crucificará nuestros cadáveres en el túmulo funerario de Jaca», se dijo.
La idea de ser ajusticiado en público, aguardando de rodillas a que la brillante moharra de una lanza partiera su corazón, hizo que le bailoteasen las piernas cual rapaz lanzándose a los brazos de su primera contienda.
No sin trabajo, Aulo se obligó a recuperar la compostura y a una orden suya, Afónico retiró de mala gana la punta de Runa Sangrienta del cuello de Agatocles y retrocedió hasta uno de los muros del torreón. Sólo entonces Calíades aflojó la presa en torno al puño de su gladio, dejando escapar lentamente el aire confinado en sus pulmones.
—¿Cómo puedes pensar eso, hermano…? —Comenzó a decir Aulo, pero se vio interrumpido por Agatocles.
—Feroz… —escupió el nombre y calló. Hizo acopio de todo su valor, hinchando el pecho a más no poder, y habló de nuevo—. Hace diez años, mi hermano Lisímaco asaltó las murallas de Punilea a tu lado; ambos trepasteis esos muros y os abristeis paso espada en mano. Ahora te pido en su nombre que me permitas hablar con libertad...
—Hazlo —dijo el Feroz, rememorando aquella jornada.
Pero Aulo no estaba dispuesto a brindar tal privilegio a su atacante, y mucho menos a permitir que el Feroz se hiciera una idea de lo que sucedió la noche que Jaca murió.
Pues aquello significaría su muerte y la de Décimo.
—Aquí las disposiciones las procuro yo, Feroz —bufó, tratando de otorgar un tono autoritario a su voz—. ¿Qué crees que estás haciendo? Este felón y su querido hermano por poco me envían al Hadis. ¿Acaso lo has olvidado…?
—¡Nuestros actos están justificados! —gritó Agatocles a voz en cuello. Afónico despegó la espalda del muro y trató de silenciarlo—. Ambos cumplimos con nuestro deber.
«Ambos cumplimos con nuestro deber», repitió Calíades en su mente. ¿Quería decir aquello que habían actuado alentados por alguien?  ¿Tal vez por el templario? 
—Quítale tus sucias manos de encima, socio.
Escupió la orden junto a una cortina de su propia saliva.
—No, Feroz. Eres tú quien debe serenarse —tronó Aulo.
Pero Calíades el Feroz hizo caso omiso y se lanzó a por el mudo; si bien, Afónico también salió a su encuentro: ni uno ni otro eran hombres que se dejasen avasallar. Ambos conocían el oficio de las armas y ambos habían demostrado su valía en el campo de batalla. No obstante, las habilidades del Juicio Final no se podían comparar con las de Calíades, dominador de muchas de las disciplinas en las que se podía participar en los juegos. Así que, en un abrir y cerrar de ojos, el verdugo se descubrió tirado en el suelo del torreón, con la cabeza dándole vueltas y la boca llena de sangre: una izquierda cargada de resentimiento le había destrozado la mandíbula, saltándole varios dientes; seguida de una derecha que lo había enviado directo al pavimento.
Afónico sacudió la cabeza aturdido, cual beodo tratando de aparentar normalidad, e intentó recuperar la verticalidad: el ataque perpetrado por el Feroz lo había dejado fuera de combate, así que aduras penas logró mantenerse sobre una rodilla. En ese momento, Aulo, conocedor de lo mucho que estaba en juego, desenvainó con la velocidad del rayo la daga que ceñía en el tahalí y, con un movimiento que el Feroz no pudo atajar, atravesó la garganta de Agatocles sin mediar palabra. El antiguo legionario abrió mucho los ojos al advertir que la vida se le escapaba, había sorpresa en ellos y sus manos asieron con fuerza los brazos del asiento. Murió sin apartarlos de los ojos grises de Calíades, el único hombre en aquella habitación dispuesto a hacer justicia.
«La justicia es una zorra de mierda de la que se valen los poderosos para alcanzar sus objetivos», o algo así solía afirmar Andrés de Halicarnaso, su mano derecha. Y, en opinión de Calíades, Halicarnaso tenía razón. Rara vez el pueblo dispone de tan majestuoso broquel para castigar a quienes, con sus leyes, códigos y estatutos, hacen de sus vidas un infierno. Por ese motivo, para muchos, el filo del acero era la única respuesta posible a tanta injusticia. Y, por supuesto, Calíades el Feroz no era una excepción. Aquella noche había aprendido una lección que jamás olvidaría: los muertos no incriminan a la realeza en asesinatos. No a los que se les ha introducido un palmo de acero en la garganta. A partir de ahora, tendría que andarse con mucho cuidado.
Con mucho cuidado fue cómo apartó el pie izquierdo del rastro de sangre que la garganta de Agatocles había dejado en el suelo. Aulo Mucio Corbulón arrojó despreocupado la daga sobre la mesa de trabajo de Afónico, haciendo saltar por los aires las herramientas con las que el verdugo hacía hablar a sus invitados, y sonrió. Todo había acontecido en apenas un par de latidos. Nadie habría podido impedir lo que la mano de Aulo acababa de perpetrar. Afónico seguía con la rodilla clavada en tierra, acariciándose la maltrecha quijada, mientras observaba de hito en hito a Calíades, el cual no dudó en dar la espalda a Aulo y abandonar la celda, impidiendo que éste se pronunciase sobre lo ocurrido.
Ya en los pasadizos del hogar del mudo, oculto el rostro tras el casco crestado de rojo pelaje, Calíades encaminó sus pasos a los establos reales, donde un rapaz de poco más de doce años lo aguardaba con su cabalgadura y una escarcela de provisiones. El oficial saludó al chico revolviéndole el pelo con afecto, para después lanzarle un anillo de plata que éste atrapó en el aire sin dificultad.
«No crezcas nunca, rapaz. Pues nada bueno te aguarda ahí afuera», le hubiera gustado decirle.
Aquella misma mañana, abatido, partía con destino a Pugnator en busca del templario. En busca de la verdad…


El Código de Jaca

«Si no vas a dar lo mejor de ti mismo, no lo hagas. Ni siquiera te tomes la molestia de intentarlo. Corre, corre y no mires atrás. No dejes que te atrapen y que el mundo escuche tus súplicas. No permitas que te apresen y el apellido de tu padre sea deshonrado por tus llantos lastimeros, pues no merece semejante vejación. Ningún guerrero que haya derramado su sangre por el Imperio merece semejante afrenta. Deja que el nombre de tu progenitor sea aclamado por jóvenes que no temen a la muerte. Corre y no mires atrás cuando veas llegar a las huestes del caos, enarbolando las hojas de sus espadas victoriosas, montando sus caballos cubiertos de un sudor resplandeciente. Si no vas a dar tu vida sin reservas, si no estás dispuesto a combatirlos con todo, corre, corre y no mires atrás». Jaca Mucio Corbulón. Siervos de la Guerra / Ciclo Duelista I 
http://almenas-waylander78.blogspot.com.es/2017/01/prologo.html

Media Guerra



Autor: Joe Abercrombie
Edición: FANTASCY
Páginas: 448
Año de publicación: 2016



«Solo pueden conquistarse los miedos afrontándolos.
Si los rehúyes, te conquistan ellos a ti.»
La princesa Skara ha sido testigo de cómo todo lo que amaba se convertía en sangre y cenizas. Al ser la única superviviente de su derrotada dinastía, deberá vencer la aflicción y el terror, afilar la mente y luchar por Throvenlandia como reina. El padre Yarvi ha recorrido un largo camino y ha pasado de esclavo tullido a poderoso clérigo. Ha conseguido que sus antiguos enemigos se vuelvan sus aliados y ha logrado la paz, aunque inestable. Pero ahora la abuela Wexen ha levantado el mayor ejército que se ha visto desde que los elfos se enfrentaron a Dios.
Todos se preparan para la batalla que se está gestando; entre ellos Raith, el portador de la espada de Grom-gil-Gorm. Para él, la presencia de Skara es como ...

El Ocaso de los Reyes



Autor: David Gemmell
Edición: Marlow
Páginas: 479
Año de publicación: 2007

La oscuridad ha caído sobre el Gran Verde y el Mundo Antiguo con ferocidad, dividiéndolos. En los campos que rodean la ciudad de Troya, donde se congregan las fuerzas leales al rey Agamenón, la matanza ha sido inmensa. Odiseo, el fabuloso cuentista y poco dispuesto aliado de Mykene, sabe que Agamenón no se parará ante nada para asegurar el tesoro que esconden los muros de la ciudad y, mientras tanto, él debe enfrentarse a sus antiguos compañeros en un combate mortal. Afligido y amargado, el rey troyano se mantiene a la espera. Su esperanza está fijada en dos héroes: su hijo favorito, Héctor, el guerrero más poderoso de su generación, y el temido Helikaon, quien ejecutará la terrible venganza por la muerte de su esposa en manos de Mykene. Sin duda, la guerra ha empezado. En esta novela, conclusión de su afamada trilogía, David Gemmell conjuga todos los elementos para atrapar al lector y cierra el ciclo con un final sorprendente. La inesperada muerte de David Gemmel impidió que acabase de escribir esta última parte de la trilogía. Su mujer Stella Gemmel que lo había ayudado en las dos obras anteriores, lo acabó.

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